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Tribuna Abierta

¿Libre competencia?

Notario, por ramón doria bajo - Martes, 16 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 07:19h.

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HACE muchos años que, con eso de los móviles, no había utilizado una cabina telefónica, pero, hace unos días, una concatenación de circunstancias me obligaron a ello. Quedé asombrado al ver que la misma máquina de siempre, esta vez, tuvo a bien ofrecerme un sonido diáfano y fuerte, no me cortó en ningún momento la comunicación y, para colmo de placeres, me devolvió hasta el último céntimo de lo no utilizado. De la impresión recibida, al ver caer el cambio, mi desacostumbrada mollera se puso a pensar, hasta que ¡tate! di con la solución: la profusión de locutorios era la causa de tan benéfico proceder de semejante artefacto mecánico. Lo que durante quinquenios había sido piedra de escándalo del descaro y el robo al usuario, se había convertido en servicio gracias al buen hacer de la libre competencia. Si ya lo decían Keynes y Samuelson: la libre competencia es la panacea de todo mercado.

Lo malo de poner en funcionamiento una máquina como el cerebro es que una vez engrasada, puesta a punto y en marcha, no hay freno que la detenga (debe ser por eso que los sistemas educativos no enseñan a pensar sino a asentir). La cuestión fue que mi materia gris se puso a discurrir acerca de eso de la libre competencia, y a resultas de lo cual empecé a percatarme de que las estaciones de combustible, las gasolineras, suelen cada marca tener su nicho de mercado. Es decir, se reparten el territorio de forma que puede pasarte que durante 200 kilómetros, o más, de una carretera nacional no encuentres más que una sola marca, o que en determinadas rutas locales haga falta una reserva de 20 litros, o más, para acceder a otra marca de combustible. En realidad, las operadoras del servicio de combustibles son varias, y así cumplen la letra de la Ley aunque con esos subterfugios burlan su espíritu. ¿Quién me asegura a mí que el mismo empresario no tiene varias marcas para escapar así a la norma?

Después se me ocurrió pensar en las compañías aéreas. ¿Por qué, para un españolito, sale más barato volar a América desde Hamburgo, Amsterdam o Londres que desde Madrid, Barcelona o Lisboa si hay que hacer más kilómetros? ¿Tendrá un alemán o francés que venir a Madrid o Lisboa para acabar llegando barato a Moscú? ¿Qué tejemanejes se llevarán entre sí las compañías de aviación para que nos hagan dar tantas vueltas?

La profusión de locutorios era la causa de tan benéfico proceder de semejante artefacto mecánico

¿Por qué todas las grandes compañías parecen ponerse de acuerdo para coincidir en precios y productos?

Pensando y pensando más, seguí percatándome de que eso de la libre competencia ocurre con otras muchas cosas como: grandes almacenes, supermercados, coches de alquiler…, y hasta tuve la mala leche de pensar en compañías de software, de telefonía, de automóviles… ¿Por qué todas las grandes compañías parecen ponerse de acuerdo para coincidir en precios y productos? ¿Por qué en cuanto aparece un nuevo, eficaz y libre operador en cualquier campo de los de gran difusión, léase banca o medios de comunicación, acaba enseguida engullido, fagocitado o, simplemente, absorbido por uno de los peces gordos del sector mediante un irresistible cañonazo de euros o dólares? ¿Por qué será que las grandes compañías van siendo cada vez más grandes, y cada vez la cantidad de dinero precisa para montar un negocio es mayor y por ello más inalcanzable?

Tanto pensé, que los jugos segregados por mi cerebro, cual si cicuta fueran, empezaron a envenenarme por dentro. ¿Será que toda esa serie de marcas y logotipos no son más que los múltiples tentáculos de un pulpo monstruoso llamado accionista único? (El sociólogo polaco Zygmunt Bauman, Poznan 1925, autor de Mundo Consumo, Editorial Paidós, afirma en Público del 2/3/2010 que el 90% de la riqueza mundial está en manos del 1% de los habitantes del planeta). Y para mis adentros me dije: eso será que estoy empezando a pecar de pensamiento, más que de obra, y si me pasa como a ese amigo de Ortega y Gasset que se murió de tanto irradiar ideas y me muero de explosión mental, ¿qué me pasará, iré al infierno o al purgatorio, pensar como yo pienso será pecado venial o mortal, y si voy al purgatorio, por cuánto tiempo?

Justo antes de caer exhausto de tanto pensar, pensé en los higadazos que debe de tener el señor Joaquín Almunia para haber podido aceptar el cargo de comisario europeo de la Competencia. ¡Claro que a él a lo mejor se le ha olvidado eso de los oligopolios de oferta, hace ya tanto tiempo que acabó la carrera! ¡Pobrecito!

Al volver en mí decidí tomar por divisa ésa que dice: "Si quieres ser feliz, como dices: no analices, no analices", pues ya lo dijo Nietzsche en el párrafo 423 de Humano, demasiado humano: "Los hombres no suelen ya reflexionar sobre lo más próximo, lo que les rodea, sino que sólo lo aceptan". Hay que parecerse a los demás si no se quiere padecer como El inconformista de Moravia.

La cosa es que estoy pensando que no sé cómo podré librarme de esta pensopatía que me corroe, habré de acudir a un centro especializado en extirpación o narcotización del pensamiento. Pero… ¿y dónde encontraré semejantes facultativos? ¡¡Eureka, lo encontré!! ¡No hay como pensar un poco! ¡Ya tengo la solución! Acudiré a cualquier plató de televisión y ¡santas pascuas! Pero… ¡Oh Dios mío, qué hago, soy incorregible, estoy volviendo a pensar! ¡Dios de la Estulticia socórreme, pues de lo contrario moriré en pecado y me condenaré!

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