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El Farolito

Hay que reírse, amigos, lo digo completamente en serio

por f.l. chivite - Miércoles, 10 de Marzo de 2010 - Actualizado a las 07:46h.

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Huyendo de las grises y clónicas noticias habituales, tropiezo con esta joya en la red: "Una monja escocesa hereda de su madre un próspero burdel en Austria". Una historia hermosa en su sencillez. La daba el Kronen Zeitung, de Viena. Por fortuna, este tipo de cosas ocurren. Y alegran la vida con su innegable encanto ligeramente descabellado. Miren, estaba aquí un poco aburrido dando vueltas en mi taburete giratorio y me he acordado de una pregunta que oí el otro día en el autobús. Se la hacía sonriendo una malvada jovenzuela a su perplejo amigo, que por cierto tenía cara de estar preparando las oposiciones a judicatura: "Oye, ¿a ti qué te hace reír?" Una pregunta inocente, en apariencia. Pero difícil de responder. Inténtenlo, ya verán. El tío se quedó mudo. Entonces comprendí la trascendencia de la cuestión. Porque aquí está pasando algo chungo. No sé. Eso que denominamos la realidad pública está adquiriendo un tono funesto bastante repulsivo. Los voceros echan humo. Todo huele fatal. Creo que hay que intentar salvarse como sea. De uno en uno, o en pequeños grupos. Y hay que empezar a reírse antes de que sea demasiado tarde. La risa es necesaria. La risa mejora las cosas. Además, es buena para la salud. Lo dicen los científicos. Seguro que Punset también lo dice. La risa produce beneficios en el sistema cardiovascular. En el sistema inmunológico. Hasta en el endocrino. A parecer, libera una sustancia que le sienta de maravilla al organismo: una especie de antioxidante o algo parecido. De modo que los que no ríen nunca envejecen y mueren antes. Y probablemente peor. Encuentro el testimonio de un individuo que se libró de una espondinitis anquilopoyética viendo películas cómicas antiguas. ¿No es enternecedor? A mí no me sorprende. Ahora bien, la risa, como todo, también se la trabaja uno. Hay gente que deja un día de reír y ya no se ríe nunca más. Conozco a alguno. Empiezas denigrando y aborreciendo todo lo que te rodea y acabas dejando de sonreír amablemente a los vecinos. Ojo con eso. No dejes que te hundan. Me lo digo en primer lugar a mí mismo, por supuesto.

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